¡SEÑOR, ES UNA INJUSTICIA, ESE JOVEN NO DEBIÓ MORIR ASÍ…!

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Por Andrés Pascual

La tragedia, que acecha a cualquier mortal por rico y poderoso que sea, otra vez abrió “el libro negro” para “asentar” el nombre de un soldado del regimiento de los buenos… Existe una máxima para casos como la prematura muerte del cubano José Fernández: “los malos duermen bien y los buenos mueren jóvenes…”.

No voy a filosofar, ni es demanda ni consuela, no es asunto de “esoterismos” trasnochados, pero la forma como murió el pitcher villareño ratifica demoledoramente lo que casi es un principio: “los buenos mueren jóvenes…”.

JOSÉ FERNÁNDEZ (foto durante una visita patriótica a las oficinas de la Brigada 2506 en Miami), como he leído, no era “el alma de los Marlins”, sino el orgullo, parte de valor supremo casi mítico de inspiración divina, de un pueblo al que todo el mundo se empeña en pisotear y desaparecer. Porque este joven brillante, durante su corta estancia en este “valle de lágrimas”, no le perteneció al apóstata ni al traidor, ni al mequetrefe ni al anticubano, mucho menos a la tiranía y sus secuaces, que lo obligaron a exponer su primera vida siendo un niño antes de incluirse, por méritos propios y sobrados, en el libro de LA LEYENDA DEL BEISBOL CUBANO capítulo trágico.

En lo deportivo, que no tenía intención de MENCIONAR en esta esquela triste y modesta para tan gran cubano, debo decir algo que nadie va a tener en cuenta por miedo al desmentido de los extremistas fanáticos de siempre, por lo regular del campo “ajeno”.

La grandeza de José Fernández fue tal, sus habilidades tan abrumadoras, que, atendiendo a sus 4 años de actuación en Grandes Ligas, de acuerdo a las primeras cuatro campañas de todos los cubanos, incluyo a Méndez, a Dihigo y a Bragaña en ligas negras, en México o en Cuba, nadie se le acerca; pero, de acuerdo a ese tiempo de labor tan breve como revelador, ni Marichal ni Pedro brillaron ni prometieron como el joven que perdimos porque “las cosas de la vida son así”, pero que a Cuba “siempre le dan la mala”.

En toda la historia de las Grandes Ligas modernas, pitchers que actuaron después de 1902, solo Matty y Pete Alexander lo hicieron mejor en su primer cuarteto anual y durante la llamada era de la bola muerta.

Por mucho que busqué nombres no encontré, no pude, porque, ni Clemens ni Madduxx ni, mucho menos Bob Gibson, se empinaron al Olimpo beisbolero desde la adolescencia como José Fernández…

La labor suprema del pitcher, de legítimo Hall of Fame durante su actuación fuera de liga para tan breve y pródiga existencia en el beisbol, puede calificarse como una de las más brillantes carreras de primeros 4 años en toda la historia del pasatiempo, tal vez entre 5 pitchers…

A pesar de que debió luchar contra una lesión en el codo, contra una operación de la que regresó más dispuesto, más voluntarioso y, si cabe, mejor que antes, y al flagelo de la imposición del pitcheo “ENCIENDEFUEGOS” en este beisbol viejo llamado moderno, la fecunda aunque reducida carrera del pitcher lo incrusta entre uno de los 3 mejores prospectos para Cooperstown de la historia.

Sin embargo, serán su familia desvastada, su madre, su abuela, su novia y un hijo por nacer, quienes sobrellevarán un dolor irreparable.

Allá atrás, donde nadie la ve, una Dama de gorro frigio tricolor tampoco tiene consuelo, sabe que ha perdido a un HIJO PRÓDIGO de incalculable valor.

Pareciera que Cuba heredó los trabajos y sufrimientos del mítico JOB. Que descanse en paz nuestra más preciada prenda de los últimos tiempos…

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