COMO EN LOS TIEMPOS DE “ÑAÑÁ SERÉ”

Por Andrés Pascual

Antes de comentar el tema dos cosas: la Serie Mundial no puede tratarse como a otra más de postemporada, porque es el evento más importante que tiene el calendario de grandes ligas, de hecho, define al campeón, por lo que tiene que ser aparte, que no por gusto se han escrito cientos de libros sobre ella, incluso muchos sobre algunas solas, como la de 1960 o la de 1975.

Un par de datos para archivar: el staff de los Cardenales que derrotó a los Medias Rojas en 1946 estuvo integrado solo por zurdos. El “as” de aquella baraja fue Harry “el Gato” Breechen.

Las únicas rotaciones de pitcheo que no incluyeron zurdos en Serie Mundial fueron los Indios de Cleveland en 1954 y los Medias Rojas de Boston en 1967, ambas perdieron contra los Gigantes y contra los Cardenales.

Miguel Cabrera debutó como voz segunda desafinada en el trío que menos ha bateado en la Serie Mundial con la Triple Corona a cuestas. Su promedio de .231 con 3 impulsadas lo “empareja” con Ty Cobb, mientras que Ted Williams se mantiene como la mejor y más afinada voz prima negativa con .200, una empujada y sin extrabases.

Los Tigres de Detroit no perdieron porque no batearon, justificación que empleamos a menudo cuando evitamos reconocer al club que nos apabulló, más bien se debe decir que los Gigantes ganaron porque “sus pitchers” corrieron el cerrojo de una artillería de la que, como yo, se esperaba mucho más.

Otra vez el bateo fue sometido por la serpentina, porque fue una serie de pitcheo, a pesar del primer juego. Los lanzadores de San Francisco contaron con breves fisuras del montículo enemigo y, por ahí mismo, se colaron los artilleros Gigantes para anotar justo las que necesitaron y ganar por barrida.

El Detroit, con un line-up que debió tener otra conformación (Infante en el segundo turno), muy alejado del juego “por el suelo” que debió hacer su tanda baja hasta el 2do turno en medio del dominio del pitcheo opositor, decidieron “fajarse” con el aire buscando cerca y dio pena ver a jugadores de Grandes Ligas, incluyo a Cabrera y a Fielder, barriendo el home detrás de lanzamientos bajos y afuera con intención de halarlos. Así no puede ganarse.

Romo, que tiene un lanzamiento que no es slider, pero que se va de la zona de strike hacia afuera; que, además, depende el 70 % de lanzamientos en sinker, dominó plenamente a bateadores que se pararon como estacas en el home y ni intentos hicieron por flexionar las piernas tratando de seguir la trayectoria de los pitcheos, Berry fue una víctima especial de este tipo.

Los Gigantes ganaron porque jugaron mejor y porque tienen un uno-dos de 3ro y 4to de mucho cuidado en Sandoval y en Posey, pero la contribución fue general y los manejaron con maestría estratégica. Y todo con Lincecum, uno de los mejores pitchers del beisbol de hoy, en el bullpen.

El pitcheo repitió el nivel de importancia que tiene en el juego, como decía Connie Mack, es el 70%.

Algo quedó muy claro: los ganadores no se impusieron con el elemento a través del cual pretenden someter al  “buen tiempo ido” por el  atractivo, pero poco eficiente y menos convincente modernismo: la bola de fuego de 100 millas de pitchers wilds que solo eso tiran, que no aprenden y cobran mucho, poco corajudos, sino de la única forma que se puede, en el mejor estilo de los maestros de antes: con mucho control, con más valor y “moviendo la bola” fuera del alcance del bate, suficientemente mala para que no llegue el artillero y suficientemente buena como para que la cante strike el chief-umpire si la deja pasar.

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