EN BUSCA DE ORLANDO SÁNCHEZ DIAGO

Por René  Cárdenas

fitoiii@aol.com

En 1958 me hice cargo de la narración  de los juegos de los Dodgers que se efectuaban en la majestuosa estructura del  Coliseo de Los Ángeles y, cuatro años más tarde, retorné por tercera vez a  Nicaragua a narrar el beisbol profesional de invierno.  Eran 154 partidos en las Mayores y 90 en  el país que me vio nacer. Esto constituía para mi una vida de beisbol en cada  instante de mi existencia. Un reto encantador especialmente cuando se viven años  de juventud.

Mediante la invitación de una agencia  de publicidad de Nueva York que manejaba el paquete radial y televisivo de los  Dodgers, recibí la sugerencia de renunciar a los Dodgers y aceptar el puesto de  narrador y director del paquete radial de un equipo que jugaría en Houston y que  se llamaría Colt .45s en un estadio en construcción que llevaría el mismo nombre  y más tarde en uno con techo y aire acondicionado. Esto último se me hizo  difícil creer.

Todo aquello me sonaba a pura  ficción, especialmente cuando me confirmaron que al cabo de tres años se jugaría  la pelota en un estadio con techo y aire acondicionado. Como los proponentes  eran los compradores del derecho y al mismo tiempo patrocinaban el paquete se me  hizo difícil decir que no y, también porque por naturaleza soy partidario de las  aventuras y de los nuevos retos.

Para mí no fue fácil dejar de narrar  los juegos de los Dodgers, un equipo que hizo historia al trasladarse de Nueva  York a Los Ángeles para introducir el beisbol en la costa del oeste e iniciar  una era que hoy sigue siendo una mina de oro, y que también fue un elemento importante  para estabilizar la economía y la existencia de las Ligas Mayores. Pero debo de  decir que además del reto y la posición que me ofrecieron, el incentivo económico para una joven  familia como la mía en ese momento, fue algo sumamente positivo.

Así que en 1962 inicié una nueva  etapa en mi carrera de narrador de beisbol de Liga Mayor. Mi primera  responsabilidad fue la de buscar, seleccionar y contratar la persona que  compartiría las narraciones conmigo.

Pensé en muchos narradores que sabía  que existían y que personalmente no conocía; otros que solamente habían sido  recomendados por diferentes personas y, por el término de dos semanas pasé  devanándome la cabeza por encontrar al que debía ser la persona que me  acompañara.  De súbito, recordé que  en el beisbol invernal de Nicaragua, había conocido a Orlando Sánchez Diago, que  narraba la pelota de invierno para la emisora de Anastasio Somoza. El cubano era  todo un perfecto caballero, conocedor profundo del beisbol y uno de los más  populares en la escena de la radiodifusión deportiva de  Cuba.

Sin pensarlo más me entregué rápida y  completamente a la tarea de averiguar el paradero de este personaje. La búsqueda  comenzó en enero de 1962, poco después que la bella Cuba cayó en manos del  comunismo, razón por la que miles de personas, entre ellas Sánchez Diago,  salieron de la isla rumbo a todas partes del mundo.

Los cubanos refugiados en Houston, en  su mayoría abogados, ingenieros y médicos, conocían a Orlando, pero ninguno de  ellos me pudo informar de su paradero. Seguí todos sus consejos para  encontrarlo, pero todo fue en vano. Era como si el narrador hubiera desaparecido  de la faz de la tierra.

El tiempo pasaba y ya se acercaba la  fecha de los entrenamientos de primavera. Todo estaba listo en Houston. La  cadena de radiodifusoras se componía de 7, en Houston, Dallas, San Antonio,  Corpus Christi, Brownsville, Reynosa y Laredo. La expectativa general era  grandísima por tratarse de un equipo nuevo en las Ligas Mayores, con nombre de  pistola del oeste y que estaría en la ciudad espacial. El estadio estaba al  terminarse, los anuncios comenzaron a transmitirse para crear el ambiente  beisbolista de Liga Mayor por primera vez en la historia del Suroeste de Texas,  pero yo no tenía el compañero con el que compartiría las narraciones del nuevo  equipo.

Recuerdo que partí con el club a la  pequeña ciudad de Apache Junction, a unas 20 millas al Oeste de Mesa, Arizona, a  comenzar el entrenamiento primaveral el 17 de febrero de 1962 y yo pasaba horas  interminables en el teléfono indagando el paradero de Sánchez Diago. Me di  cuenta que los cubanos estaban dispersados en todas partes de América y sus  grupos estaban completamente desorganizados y sin mucha información, en esa  época las comunicaciones telefónicas eran costosas, y no existía ese maravilloso  medio de hoy que es la Internet, en otras palabras, nadie sabía el paradero de  nadie.

Los Colt .45s fueron a jugar a Palm  Spring, California, contra los Angelitos, cuando en el hotel recibí una llamada  de un aficionado para decirme que Orlando estaba viviendo como refugiado en  Caracas, pero era todo lo que sabía.

En poco minutos até cabos y llamé a  Caracas para hablar con Oscar “El Negro” Prieto, viejo amigo y colega de la  narración y me dijo que él lo había tenido narrando algunos juegos del equipo  Leones de Caracas. Me dio su número y por fin establecí contacto con  Orlando.

Le ofrecí el trabajo y me contestó:  “¿En qué quieres que me vaya?”. Luego aceptó los términos, pero a continuación  agregó:  “Mi visa de trabajo de Los  Estados Unidos está vencida y mi pasaporte cubano también. En otras palabras no  existo”.

Sentí que Orlando me había dado un  golpe bajo con esa información, pues yo quería traerlo a narrar conmigo, él  quería venir, pero la “documentación” para viajar no le favorecía, “no  existía”… ¿Qué podía hacer yo en  esas circunstancias? Después del juego regresamos a Apache Junction y pasé toda  la noche pensando qué diría al equipo para solucionar el  problema.

En la mañana siguiente llamé a mi  jefe, al dueño del equipo, al hombre que me dio el contrato, al visionario Roy  “Judge” Hofheinz. Expliqué la situación y me dijo: “No tengo tiempo para  discutir esto por teléfono. Toma un avión y me buscas mañana”. Siguiendo las instrucciones retorné a  Houston y me di cuenta que el tema no se resolvería inmediatamente porque  Hofheinz que calzaba botas altas llenas de lodo, estaba muy ocupado y no me  atendería tan rápido como se necesitaba. Caminaba en cuerpo de camisa y con un  casco protector en medio del terreno del estadio en construcción dirigiendo  diferentes cuadrillas de trabajadores que laboraban tediosa y apresuradamente.  Faltaban pocas semanas para la inauguración de la campaña y todo tenía que estar  listo para el primer juego programado para el día de su cumpleaños el 10 de  abril de 1962.

Luego de pasar horas y horas tratando  de hablar con el Juez durante  tres  días, al fin me concedió audiencia en su oficina principal a la orilla del  estadio donde estaba concentrado el personal administrativo de la nueva  organización. Después que minuciosamente le expliqué todos los detalles me dijo  mientras encendía un gigantesco puro:

“Y a ti qué se ocurre para solucionar  esto?

–¿Tiene usted algún amigo de  influencia en Washington? — le  pregunté.

Luego de pensar unos segundos y de  darle vueltas y vueltas al puro entre los dedos de la mano derecha, murmuró un  poco y dijo:

–¿Qué te parece el Vice Presidente  de Los Estados Unidos?

–Fenómeno dije para mis adentros y  luego con voz temblorosa le dije: “Simplemente  fabuloso”.

–“Dirigiéndose a su secretaria Mary  Frances, le dijo: “llama a la Blair House y diles que quiero hablar con Lyndon  (Johnson) ahora mismo”, dijo el Juez. “The Blair House” era la residencia  oficial del Vice Presidente. Hoy no sé si eso existe  todavía.

Unos cinco minutos más tarde, los dos  personajes comenzaron a platicar de política y al final el Juez Hofheinz, le  contó al Vice Presidente la misma historia que yo le había  explicado.

Luego de colgar el aparato  telefónico, El Juez se volteó lentamente hacia mí, le dio otras vueltas al puro  que ya estaba por la mitad y, dijo calmadamente:

“Llama a Orlando y dile que mañana a  las diez de la mañana se presente en la Embajada Americana con su pasaporte  viejo y ordénale su pasaje aéreo inmediatamente. Y ahora tengo que regresar al  lodo, al calor, a la humedad y a los mosquitos de la construcción”, y se marchó  con el casco puesto.

Tres días más tarde fui al entonces  pequeño aeropuerto Hobby de Houston a esperar a Orlando. Mientras esperaba  desembarcó Peter O´Malley (hijo de Waler, dueño de los Dodgers) acompañado del  secretario viajero del equipo Lee Scott y, Peter  dijo:

“¿Cómo sabías que  veníamos?”

–“Es una coincidencia, Peter”,  contesté. “Ahora trabajo para los Colt .45s”.

“Te felicito y te deseo buena  suerte”, dijo mientras se alejaba.

Como unos treinta minutos más tarde,  Orlando arribó procedente de Caracas con un permiso especial extendido por la  Embajada Americana y, el senador por Texas J. Casey, si mal no recuerdo, fue el  encargado a nombre del Vice Presidente Johnson para que arreglara los papeles de  residencia legal de Sánchez Diago.

Así se empezó a ampliar una gran  amistad de muchísimos años pues Orlando y yo compartimos narraciones de beisbol  de los Colt  .45s y Astros por  muchas lunas, además de todas las narraciones de boxeo efectuadas  en el Astrodome y las del Torneo Mundial  Eliminatorio para buscar al sucesor de Mohammad Alí. Orlando falleció en Houston  en 1985 y nuestra amistad duró toda una vida. Y mientras el Creador me siga  dando vida, siempre guardaré estos gratos recuerdos en un lugar muy especial de  mi mente.

Al escribir estas notas que brotan de  mi memoria también recuerdo que el Juez Hofheinz, me dio la oportunidad de  organizar una cadena de radio a nivel internacional para narrar los juegos  dominicales de los Astros compuesta por México, Centro América, El Caribe,  Colombia, Venezuela y Ecuador que tuvo una exitosa duración de tres años. Para  las peleas, se agregaban emisoras en todos los otros países de Sur  América.

La Cadena Radial de los Astros se  concibió para dar a conocer el Astrodome al mundo hispanoamericano como la  octava maravilla del mundo.  El  desfile de turistas que visitó la estructura fue de millones a través de los  años.

Orlando no solamente narró para los  Astros en las Ligas Mayores, también lo hizo con los Dodgers por un par de  semanas. Mi buen amigo Jaime Jarrín, el titular de esas narraciones, optó por  aceptar un contrato para difundir algunas disciplinas con la última Olimpiada  celebrada en Los Ángeles y, para suplir su ausencia, conseguí que los Dodgers le  otorgaran a Orlando un contrato por ese corto  período.

En pocos días Orlando se ganó  completamente la simpatía de todos los jugadores de los Dodgers. Recuerdo esta  anécdota como si hubiese sucedido ayer.

Terminamos de jugar una serie con los  Rojos de Cincinnati y cuando el auto bus del equipo nos llevó al aeropuerto para  tomar el vuelo con rumbo a los Ángeles, Orlando debía de separase del club para  viajar de regreso a Houston porque ese día terminaba su contrato ya  que Jaime había terminado su  responsabilidad con el Comité Olímpico.

Cuando Orlando se bajó del auto bus,  todos los jugadores se pusieron de pie y le aplaudieron frenéticamente  deseándole una grata despedida. El cubiche, se puso impávido en la acera del  aeropuerto y, de los ojos bajaron unas cuantas lágrimas de felicidad y  contento.

El Astrodome existe todavía al Sur de  la ciudad de Houston como un ejemplo de la visión de un hombre conocido como Roy  “Judge” Hofheinz.

En el año 2000 los Astros abandonaron  el Astrome para jugar en un estadio nuevo conocido ahora como el Parque Minute  Maid. El Astrodome contaba con una plaza de estacionamiento catalogada como la  más grande del mundo y que originalmente tuvo un costo de $45 millones en 1965 y  una reparación de $50M 20 años más tarde. Debe saberse que sigue en pie, sin  inquilino, desbaratándose poco a poco y, con el tiempo desaparecerá lo que fue  una joya en la legendaria pradera texana. Los éxitos de sus mejores días solo  existen en la mente de unos pocos que trabajamos arduamente para que se  construyera y para enseñarlo al  mundo.

A Orlando le sobrevivieron 3 hijos  que residen en Houston: Orlando Jr., Gema y Linda.

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