El nombre del juego siempre fue ganar
Por Andrés Pascual
Hoy pensaba escribir un comentario sobre el legendario
anunciador del Yanqui Estadio, Ben Shepperd, que falleció el sábado pasado a los
99 años y tenía ese interés porque, comúnmente, la leyenda yanqui de la
presentación de las alineaciones de los clubes, cambios y bateadores en turno
decía que le gustaban más los nombres hispanos que los anglos, ya que “eran casi
musicales”, con “sabor” diría un cubano reyoyo”. Valdivieso, apellido del
torpedero matancero del Almendares-Marianao en la Liga Cubana y de los Senadores
de Washington, todo durante los 50’s, era uno de sus favoritos.
Entonces
me entretengo en los correos y me sorprende el brillante e infalible “cubano
reyoyo” de verdad Esteban Fernández, “Estebita”, con una notica especial desde
California que, para causar efecto, no necesitó de una lluvia de epítetos
ampulosos” “Acaba de fallecer George Steinbrenner… ¿No te has enterado?”
Suficiente, “la jugada de sacrificio desapareció por el out en viraje a primera
del lanzador…hay que batear largo”
“El Jefe”, al que le gustaba que le
llamaran así porque su presencia permanente en todo lo relativo a los Yanquis de
Nueva York era visible y evidente, dirigía esa franquicia con “puño de hierro”;
pero hay algo que se tiene que aceptar, el individuo recogió de sus cenizas un
nombre grande en medio de la más absoluta pobreza moral y material; porque en
1970 “los Yanquis no eran los Yanquis”; mas bien habían sido hasta principios de
los 60’s, entonces este individuo, el último dueño de amor por el pasatiempo
“retrostyle” o estilo antiguo, se encargó de invertir, de localizar los
inversionistas positivos y de reconstruir un imperio cuya caída había sido más
sonada que la del Romano de Occidente, porque se habían convertido en objeto de
burlas y de bajas pasiones vengativas. En manos de la compañía Time-Warner, que
dieron un millón de dólares por la franquicia en 1964, rápidamente el club
glorioso pasó “de lo sublime a lo ridículo” en sólo una temporada, la de
1965.
A mediados de los 70’s los Yanquis iban rumbo a la dinastía otra
vez por el dinero y la capacidad empresarial de alguien que apostaba al ganador
e iba al seguro seriamente; mientras, clubes que habían causado un impacto
importante, aunque pasajero, se desarticulaban en medio de su escasez financiera
y en la torpeza de sus oficinas, a las que les importaba más el show personal de
circo mediático que el club de pelota, como Charles O. Finley con el Oakland o
los propios Orioles de Baltimore…
Al Oakland le arrancó El Jefe a Catfish
Hunter vía agencia libre por 5 millones en tres años y cuando el comisionado
impidió el paso directo de Reggie Jackson a los Mulos, entonces utilizaron al
Baltimore para que les “guardara” por un año (1975) al artillero hasta que lo
adquirieron en 1976. Esa fue siempre la moral de trabajo de Steinbrenner: por
los Yanquis, a como diera lugar.
Con Steinbrenner creció la popularidad
de los Yanquis; se amplió más la red de fanáticos del club, para el que creó el
canal televisivo YES y una sin igual modalidad mediática de prensa escrita y
radio también; con este individuo rebotó como nunca el más grande club de la
historia del béisbol hacia planos de grandeza y poderío: ganen o pierdan, hay
que contar con ellos; aunque sea necesario utilizar todo el oro de la reserva
federal y traer al seno del equipo como jugador al mismísimo semidiós Aquiles y
así hizo no sólo con Jackson, sino con Winfield o Alex Rodríguez.
Que fue
capaz de pelearse con dos glorias legítimas de la organización como Billy Martin
y Yogi Berra, ¿Y que? También tuvo el valor de saldar la enemistad y el estado
de opinión contrario que había construido contra estos con arrepentimientos
públicos, dignos de su valor. Igual hizo con Dave Winfield, un inmortal de
Cooperstown al que, por su baja producción en postemporada, calificó como Mr.
Mayo, que es el mes en el que, se brille cuanto se brille, no se decide nada
para el club en la tabla de posiciones de finales de septiembre.
Pero
apodó a Reggie Jackson Mr. Octubre porque era un verdadero líder a la hora de
“recoger los bates”, con Jackson el Jefe sabía que siempre había vida “al final
del túnel” para el club, como ocurría con Jacob Ruppert y el Babe o Columbia Lou
y, después, con el Clipper de San Francisco o Mantle y Yogi Berra.
A los
80 años le falló el corazón a George Steinbrenner, el último de los grandes
dueños del béisbol de Grandes Ligas, para quien no había posibilidad de
contemplación más allá de la victoria.
A fin de cuentas, la madrugada del
día del Juego de Estrellas del 2010, en Tampa, el béisbol perdió al hombre que
le rebautizó con la frase “EL NOMBRE DEL JUEGO ES GANAR” concepto que, por su
personalidad, es el suyo propio.
Miami, FL., USA
07/14/2010
