El culto a la velocidad

21 de abril de 2011


Hialeah, Florida.- Por Andrés Pascual.-Es un síndrome de la sociedad del 1er. mundo: la novela no, el cuento, más corto y puede leerse en un “ida y vuelta” de pie en el metro o en el ómnibus; “fast-food”, no hay que cocinar y se esperan menos de 10 minutos sentado al timón del auto, ante una puertecita de hamberguera, por el almuerzo; la compra por Internet evita el tiempo que se malgasta en un recorrido por el mercado y, después, la odiosa cola para pagar; un par de películas de estos tiempos se titulan “Fast and Furious”, una de los 40’s también…

Toda la vida moderna, en las ciudades de países altamente desarrollados, se vive con el pie en el acelerador; es una exigencia, no una alternativa. Sin embargo, donde único se disfruta la velocidad es en el deporte: en pista, con las carreras; en boxeo, con la rapidez de piernas y manos; en el automovilismo y en el motociclismo; en el balompié, con el desplazamiento arriba y abajo… La velocidad de home a primera, o entre bases, siempre ha sido plato de primera en la oferta del beisbol. Aunque la fiebre del jonronero artificial de mentiras de los últimos años logró opacar la importancia del juego alegre, pimentoso, rápido y agresivo, el destape del fraude de los esteroides, poco a poco, pone en orden cosas que nunca debieron desorganizarse. Sin embargo, llenar un estadio, levantar en vilo a la concurrencia cada vez que dispare un chícharo hacia el plato, el pitcher supersónico. Históricamente, solo compara con la actuación de un lanzador veloz la del jonronero gigantesco, capaz de colocar la bola a la distancia casi infinita de 450 pies ó más, con solo girar las muñecas. El lunes pasado, después de noticias preocupantes sobre el descenso en la velocidad de sus envíos en un juego, ocasionado por cierto grado de fatiga según la dirección del Cincinnatti, volvió el novato cubano Aroldis Chapman a hacer historia en los anales de las Grandes Ligas, al marcar un lanzamiento en 106 m/h, lanzado a continuación de otro a 103 y que deja detrás su envío de 105, que lo habían calificado como el más rápido hecho jamás por un lanzador en ese nivel con radar. Todo evoluciona a pasos de gigante, desde el sprint increíble en 100 y 200 metros en pista en la actualidad, hasta ese 106 m/h que el cubano puso en los récords. ¿A dónde va a llegar el esfuerzo humano en el pitcheo? Antes, un lanzador era considerado muy rápido o supersónico con 95 m/h; si a 97-98, nadie quería enfrentarlo y, si tenía control, pocos le podían ganar. Cuando la Liga Cubana funcionaba, la velocidad era casi patrimonio exclusivo del refuerzo importado del Norte “colorao, rubio y cocotú”, de 6 ó más pies de estatura y con 250 libras de peso, como Vinagre Mitzell; o de negros como Jim Grant, independientemente de que hubo cubanos que la “soplaban” como el propio Camilo Pascual, que no tiraba flojo ni algo por el estilo, o como Trompoloco Rodríguez, Wilfredo Salas, Jiquí Moreno, Marcelino López o Luis Tiant; pero, la velocidad, la justificaba el joven que iba a La Habana con la encomienda de pitchear en el invierno para mantenerse y para mejorar, técnicamente, en un tipo de pelota que exigía el máximo en el terreno bajo el ojo de expertos trainers. Chapman mide 6’4, pero no pesa 220 libras, no tomó leche nunca; comió carne de res por primera vez cuando hizo el equipo de Castro a eventos internacionales y tira sobre 100 m/h todos los lanzamientos que hace cada vez que sale ¿Quién entiende eso? Mejor aún, ¿A dónde va a parar ese radar con este muchacho en la lomita si no se lesiona, comiendo carne de cualquier tipo diariamente y tomándose toda la leche en un día que el tirano no le ha dado a la población en 52 años?

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