Conversacion con un viejo almendarista

12 de enero de 2012


Hialeah, Florida.- Por Andrés Pascual.-Cada reunión, cena, desayuno, homenaje que involucre al pasatiempo nacional en el exilio, tiene ese carácter sublime que solo es frecuente en el recuerdo de lo que realmente contribuyó no solo a la grandeza del jugador; sino del propio deporte y, como que por extensión se incrusta definitivamente con letras de oro en orden de importancia en lo tradicional, en lo folclórico, pues constituye  una de las columnas imaginarias que soportan la identidad nacional nuestra.

La última actividad a la que asistí con esas características, fue al acto de entrega del Premio Nacional de Periodismo al fallecido cronista cubano Angel Torres, un éxito y un merecimiento cumplido por lo obligado… Allí estuvo Sergio “Acho” Varona, diez años con los Alacranes del Almendares como coach del club insignia por excelencia en la historia de la pelota cubana; ex jugador y ex manager del Miramar Yatch Club, del circuito unionista Sin embargo Acho, que estuvo con los Azules durante una era inigualable de la pelota nacional, tal vez la etapa más fuerte del profesionalismo hasta su desaparición arbitraria por decreto unilateral del dictador, prefiere conversar sobre su padre Sergio, el editor de las páginas de El Mundo, uno de los mas prestigiosos diarios habaneros de antes del castrismo. Acho venera la memoria de su padre, uno de los baluartes clásicos del diarismo deportivo cubano, perteneciente a lo que ya se puede llamar sin equivocaciones “la vieja y gloriosa guardia”; de su capacidad de trabajo, que le absorbía por completo y por lo que apenas podía verlo durante su niñez, porque el veterano guerrero de la crónica fue de aquellos infatigables, capaces de cumplir día a día con más de 20 asignaciones de trabajo: beisbol, hipismo… las actividades deportivas de una Habana pródiga en exclusividades estaban en el itinerario, casi de fantasía, que ocupaba diariamente a Sergio Varona. El homenaje al cronista por sus 50 años en el sector en 1954 todavía provoca ese tipo de emoción difícil de ocultar en el hijo cuando lo recuerda: “Fue en La Tropical, con todos sus compañeros y colegas de la prensa y con nosotros (alude a su familia)…” Acho Varona fue uno de los entrenadores que preparó al equipo Cuba que arrasó en la Serie Mundial de 1961 en Costa Rica; abandonó el país en 1963 y no ha vuelto otra vez a la tierra que le vio nacer. En San Francisco, donde vivió durante un cuarto de siglo, cumplió faena en la profesión que tanto ayudó a enaltecer su padre en Cuba y, a la vez, que puso el nombre de Sergio Varona en letras de oro en la historia del gran deporte cubano previo a la catástrofe de 1959. Sin embargo, Sergio Varona, que falleció en La Habana en 1967, nunca abandonó la tierra en que nació a finales del siglo antepasado; porque, “Allá tenía su casa y no merecía morir en las condiciones en que nos tocó vivir a los que llegamos primero al exilio; hubiera sido muy duro para un anciano…” “Misceláneas deportivas”, ese era el título de la columna editorial en el periódico El Mundo del maestro Sergio Varona que, como las de Jess Losada, Secades, René Molina, Yiyo Jiménez o Pedro Galiana, entre muchos, son clásicos del periodismo deportivo cubano y, por extensión, del periodismo de opinión en la ex Isla Bella. Son esos los momentos de disfrute de un comentarista, encontrar a alguien como Acho, que tuvo su historia como jugador de pelota, como asistente, como preparador; pero que prefiere revivir la de su padre, una leyenda inserta en la propia del beisbol criollo con el celo y la preocupación de quien entiende que, por circunstancias conocidas, es norma viciosa anticubana del castrocomunismo allá y aquí, el empeño por mantener desterrada de la memoria histórica nacional la labor y la existencia de aquellos hombres, sin tener en cuenta que el vacío provocado y sostenido con malas intenciones, bloquea completamente la posibilidad de vivir bajo el seguro resguardo, que solo ofrece la identidad nacional, ante los tormentosos tiempos que enfrenta la nacionalidad cubana desde hace 50 años, y que mantiene huérfanos de alma máter a la mayoría de los 12 millones de habitantes que viven allá y a un buen porciento de los que emigran hacia acá.

 

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