Denunciar al castrocomunismo siempre…

                                                                                                                                                                                               Víctor mesa anota contra Nicaragua en 1984

Por Andrés Pascual

Cuando Vigilia Mambisa rompe discos de
artistas que vienen a reafirmarle su apoyo tácito a la tiranía y a llevarle los
dólares como pago del diezmo inmoral por el viajecito, sencillamente ejecutan
un acto legal de acuerdo a lo que son las instituciones en países libres,
porque ejercen el derecho de manifestar su rechazo a quienes la apoyan; pero,
cuando los grupos creados al efecto rompieron cabezas, sacaron ojos y hasta
mataron durante los acontecimientos de 1980, que llamaron actos de repudio
contra personas que ejercían su derecho a la libertad de movimiento, nadie los
defendió en las calles de Cuba gritándoles asesinos a los sicarios ni
enfrentándolos y lo eran materialmente hablando; igual que cuando agreden cobardemente
a las Damas de Blanco… ¿Acaso existe otro calificativo para nombrarlos? Por
favor, no utilice el cliché de “agente de la CIA” o “elemento pagado por el
imperialismo” ni para las Damas ni para el Regimiento Mambí de Miguel Saavedra,
que son 50 años y el casete de mentiras, por el amplio conocimiento en todo el
mundo de la maldad del régimen, necesita ser renovado.

Criticar dentro de Cuba o fuera de ella a
ese régimen bárbaro, esclavista y criminal no es una posición política a la
usanza; si no una defensa de intereses propios y colectivos a través de la
denuncia personal y/o colectiva.

Lo político es otra cosa de la que solo se
puede hablar en Estados de Derecho donde la democracia y la soberanía imperen
sobre el pisoteo de la dignidad y la moral ciudadana, que no por gusto el
primer pensamiento martiano es el que reza: “Quiero que la ley primera de
nuestra república sea el culto de todos los cubanos a la dignidad plena del
hombre”, antítesis conceptual y material de todo lo que esa horda que se
apoderó de Cuba en 1959 ha hecho.

Luego, criticar las formas como el
dictador ha ido destruyendo el pasatiempo nacional que, para el cubano, más que
un deporte es una parte importante de la tradición y el folclore,
indisolublemente ligado a su identidad, tampoco es un acto político; sino un
reclamo obligad, a través de uno de sus sostenes: la historia.

Para conseguir un tipo de cubano
abiertamente simpatizante de la ideología maligna que es el castrocomunismo; o
para mantener confundidos y manejarlos como ha querido durante casi medio siglo
al resto, la tiranía eliminó la historia patria… Porque ni están en capacidad
de competir con el pasado glorioso republicano ni tienen la voluntad de
hacerlo; por tal razón, ese pasado suprimido, que crea un cubano lastimosamente
a medias, es el principal fiscal acusador de la dictadura castrista,
precisamente, porque, al desproveer del conocimiento de la historia gloriosa al
pueblo de hoy en Cuba, han cometido el crimen de casi dejar sin alma máter al nacional
nacido y criado en los últimos 48 años en la Isla.

Castro eliminó el beisbol profesional de
acuerdo a intereses de la centralización y el control estatal-personal de la
operación económica, porque la actividad era privada; también porque no era
posible mantener un deporte que fue el principal nexo de amistad y acercamiento
entre los pueblos de Cuba y Estados Unidos al compartir mutuamente diamantes
beisboleros a ambos lados del Estrecho de la Florida, mientras lo que se
pretendía era alimentar el odio vicioso y enfermizo hacia el pueblo vecino.

No, decir estas cosas no es mezclar lo
político con lo deportivo, como tampoco lo es desvestir el santo de la
importancia suprema del deporte amateur ante el profesional creado por el
castrismo, que lleva al cubano de hoy, a veces, a expresar criterios más que
poco realistas, ridículos; porque Mohamed Alí no es recordado ni famoso por la
medalla olímpica de Roma ni José “Chegui” Torres es vigente por su derrota en
la final olímpica de peso mediano ante Lazlo Pap, que pudiera serlo, porque al
boricua le robaron la pelea y con esta la medalla de oro; a Leonard nadie lo
recuerda por el cuero que le dio a Aldama en 1976 en Montreal ni a Leon Spink
por el nocao que le dio a Sixto Soria en la misma competencia; tampoco a Terry
Francona porque bateó de 11-9 contra el pitcheo cubano en 1978 y 1979 ni a Tito
Fuentes por lo que hizo como titular de la segunda base cubana en Costa Rica-61
ni a Frank Thomas por darle un jonrón a Rogelio García en el Cerro en 1988 ni a
Robin Ventura porque impuso record de carreras empujadas en Italia, también en
1988, en una Serie Mundial Amateur con 29… ¿Por que? Porque el amateurismo, en
los deportes con circuito profesional, solo es un trampolín hacia los
profesionales, que dan fama y fortuna y, en estos tiempos, en que la
transnacional del consumo se apoderó del olimpismo, más que nunca.

El recuerdo de la figura del pasado está
acondicionada a circunstancias de interés ideológico en Cuba: se conoce a
Marrero porque se quedó allá; pero no al tercera base de los equipos Cuba para
los cuales pitcheaba el Guajiro, que también se quedó y ya murió, cuyo juego
alcanzó al profesionalismo por la vía de los Monjes Grises del Marianao y de
los Senadores de Washington y hablo de Luis Suárez, la Muralla Guantanamera; en
Cuba se borró el nombre del más grande pelotero amateur de la Isla en todos los
tiempos, Antonio “Quilla” Valdés, porque se exilió y falleció en Miami; pero
nadie de estas generaciones conoce a Mario González, uno de los mejores
bateadores amateurs de la historia del beisbol cubano, porque también abandonó
el país; sin embargo, de Cuba nunca se fueron Pancho Villa Armas, Luis
Olivares, Jorocón García ni Tomás Echevarría y tampoco se les menciona… ¿Por
qué razón, sino porque fueron estrellas del poderoso beisbol amateur de antes
del castrismo; “gaveta que no se puede abrir, porque también tiene cucarachas”?

A finales de los setentas, Armando Acosta,
entonces primer secretario del PCC provincial en Oriente, le celebró una fiesta
de 15 años a una hija con más fastuosidad que la de un millonario americano y,
porque el equipo Vegueros estaba en Santiago, fueron invitados el manager y dos
coaches blancos, ni el equipo ni un coach negro, Primitivo Díaz, lo fueron.

Armando Acosta era un buen fanático del
beisbol que hacía valer su poder político, por tal razón, entraba a la Comisión
y le decía a Servio Borges que quería un viaje para uno de los suyos, de esa
forma viajó Modesto Larduet, “el catcher que se cruzaba solo”.
Al pitcher zurdo Gerardo “Puppy” Hernández, sobrino de Jorge García
Bango, lo llevaron a un equipo Cuba juvenil por órdenes del tío. Arnaldo Milián
funcionaba mejor a favor del pelotero villareño.

A principios de los 80’s, un miembro de la
Comisión de Ciudad Habana fue expulsado, con retiro del carné de Partido,
porque le puso Nolan a un hijo; pero al joven Yasser Gómez nadie le impedirá
jugar profesionalmente porque a sus padres se les haya ocurrido ponerle un
nombre usual en el radicalismo extremista musulmán; ni a Vladimir Núñez le
cerraron puertas porque le hayan colocado el del asesino conocido como Lenin.

A Pedro Jova le inventaron un robo para
separarlo del beisbol y al pinareño José Cano un robo y un comentario de
homosexual.

Oscar Fernandez Mell le dijo a Armando
Capiró, a principios de 1980 que, “Si quieres no juegues más, que mientras yo
esté aquí tu no regresas a la Nacional…”

A Juan Castro, que lo retiraron obligado
con Casanova en 1988, le dio un infarto en el aeropuerto de Corea del Sur,
porque fue allí y con las maletas hechas, que le dijeron que no iba a la
Olimpíada de Pekín.

A Cheíto Rodríguez lo liquidaron por un par
de miserables dólares, porque nunca fue del agrado de la camarilla.

A Anglada lo complicaron con el grupo que
entregó juegos en 1981-82, porque creían que Garbey lo había “convencido” para
que abandonara el infierno que venden como paraíso.

A Bobby Salamanca, defensor del
profesionalismo permanentemente hasta que falleció, le aplicaron tratamiento de
enfermo mental en Mazorra; porque:
“únicamente un loco podía pensar así”

Sin embargo, hay quienes de forma
encubierta y como elementos de Castro, desde Cuba o desde cualquier otra parte,
normalmente y sin pena, cada vez que se produce la denuncia obligatoria contra
el castrismo en el deporte, aluden a la “mezcla del beisbol con la política”;
otros, confundidos o militantes, defienden lo indefendible con “rabian con los
logros de la robolución”

La “robolución” no tiene logros deportivos
ni de ninguna índole, para deportes ajenos al boxeo y a la pelota se crearon
los laboratorios, que son vitrinas y, para todos en sentido general, se ha
usado el dinero necesario para darle leche a la población más allá de 7 años; o
malanga por la libre y barata a jóvenes y viejos por igual.

Estos defensores del castrismo, de sus
logros, sobre todo en la pelota y en el boxeo, no tienen en cuenta que, en
1962, el dictador se refirió “ al triunfo de la pelota libre sobre la pelota
esclava”; con lo que, aparentemente, liberó el beisbol, pero esclavizó a los
jugadores e incluyo aquí a los boxeadores; la protesta o la incomodidad debería
ser contra Castro y esa pandilla de desalmados…aunque tal vez se esté pidiendo
demasiado.

Es una falta de respeto reclamarle a cualquier
cubano porque critique la forma como el castrismo ha debilitado al beisbol por
casi 50 años; pero es una falta mayor acusar a quien desee que esos equipos
pierdan, porque no son representantes de la patria. Quien no lo crea, quien no
reconozca que son propiedad absoluta del dictador y en función o instrumento de
algo muy ajeno al juego, que medite sobre esto: el tirano le dispensó una
“reflexión” a los boxeadores y peloteros que huyen de semejante barbaridad y
los acusó de traidores, como si fuera poco, se abrogó el derecho de negarles,
por siempre jamás y públicamente, el derecho a visitar su patria…

Traidores-desertores hombres que solo
decidieron rebelarse por cuenta propia, a través de la huída, para hacer valer
el derecho humano que consiste en ser dueño absoluto de sus decisiones
personales, cualesquiera que sean.
El castrismo es, para el atleta de los últimos 45 años en Cuba, una
barrera más injusta y criminal que la racial del Beisbol Organizado, porque
aquellos negros tenían su beisbol y la posibilidad de viajar a donde quisieran
fuera de Estados Unidos a jugar pelota y cobrar por ello y, después, regresar
sin problemas.

Hay que ser indigno e indecente para
llamar “político” a la queja por una población que es pisoteada de una y mil
formas; pero hay que ser amoral para defender cualquier cosa de lo que ese
régimen hizo, hace o hará…con el beisbol y con el país completo.

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