El regreso del Bambino

Por
Andrés Pascual

Lo
mismo da que hayan sido amarrados “pata y mano” por Bob Gibson en la Serie
Mundial de 1967; que hayan desperdiciado el efecto ganador por demoralizante
del “jonrón brujo” de Carlton Fisks en 1975; que a Bill Buckner lo haya “rajado
como a una caña brava” un rolling fácil en el ultimo juego de la Serie Mundial
de 1986; o que un club que da lástima como alineación de grandes ligas los haya
eliminado de toda opción de pre-temporada este año: los Medias Rojas de Boston
se fueron a sus casas “con el rabo entre las piernas” y la interrogante ¿Acaso
regresó la maldición?

Tal
vez de un tiempo a esta parte sea “la maldición de Manny Ramírez”, que se cansó
de empujar la que “hacía falta”.

En el
feudo demócrata, territorio Kennedy, por la amistad que tienen algunos de sus
políticos con Fidel Castro, deberían tener en su agenda en el próximo viaje a
La Habana alquilar un buen babalao, brujero que asesora sobre “daños y cosas
esotéricas ligadas a Africa”, por 40 ó 50,000 dólares; en definitiva, los
llamados “sacerdotes Ifá” son cuenta-propistas (y no tan cuenta), del
Ministerio de Cultura del régimen (y del MININT también)… quizás Luis Tiant los
pudiera ayudar en eso, ¿Quién sabe? El protagonista del documental El Hijo
Pródigo, hecho para que ni el Diablo le pueda impedir entrar a Cooperstown en
el próximo round, no solo es un gran cabildero, como Tony Oliva, en contra del
embargo; sino alguien que se crió en un barrio donde casi todo el mundo “camina
pa’l chapea’o” afro-religiosamente hablando.
Bueno, al terreno de juego: ¿Por qué eliminaron al Boston? Al modo mío
de ver las cosas, porque se convirtió en un gran team solo para la gradería;
porque perdieron 6 consecutivos abriendo la temporada y con dos de esos ganados
hubieran asegurado el día anterior sin sobresalto.
Rachas perdedoras como la de los Medias Rojas ratifican que, en el
juego, cualquier mes cuenta, así que aquello de
“abril y mayo no existen para septiembre” es tan descabellado como creer
que un pitcher puede ser un gran lanzador solo con el dedo anular.

Pero
este club no pudo jugar al final de acuerdo a lo abultado de su billetera y la
guerra con los Yanquis consume hasta el último alpiste de su pasión. Parece que
las novenas del Boston las hacen para ganarle a los Mulos: aunque se lleven el
banderín de la Americana, si no le ganan a los inquilinos del Bronx, la
victoria no tiene sabor, muy parecido a aquellos equipos de Fidel Castro de los
70’s y los 80’s que estaban obligados a ganarle a los americanos en igual forma
que el campeonato, si perdían con los yanquis, no había vacaciones en Varadero,
aunque le hubieran anotado 100 al resto en cada juego. Y jugar así genera tal
presión que, a veces, la caldera explota.
Adrián González, que tuvo una gran campaña, no pudo mantener su paso
durante los juegos finales de acuerdo a como bateó durante todo el año y el
casi slump se presentó en el momento menos oportuno.
David Ortiz reverdeció laureles y, como los “muertos vivientes” de la noche
conocida, salió de su tumba con etiqueta renovada y entregó una de sus mejores
temporadas, porque hubo momentos en que solo él sacó la cara ofensivamente
desde el 6to-7mo turno al bate; después, en el clutch, continuó produciendo
igual.

La
derrota ante los Orioles eliminó al Boston, pero perdieron el pase a los
playoff, tal vez, como resultado de un cúmulo de problemas interiores que se
darán a conocer en cualquier momento; por ahora, el rumor es que Theo Epstein
pudiera irse a los Cubs de Chicago.

Sin
embargo, por lo menos en el juego que cerró la campaña, los de Maryland jugaron
como aquel club de los 4 ases del pitcheo que tenía, además, a Frank Robinson,
a Brooks y a Boog Powell como inspiración.
¿Cuántos bateadores del Boston tuvieron una verdadera temporada de
leyenda? Al modo mío de ver las cosas, solo Jacoby Ellsbury, que compareció al
home-plate 660 veces y conectó 212 hits; no conforme, 46 fueron dobles, 5
triples y 32 jonrones. Anotó 119 y empujó a 105 con promedio de .321, si
alguien quisiera más, su promedio de embasamiento fue de .376, su  slugging de .552 y .928 en total. Hay que
recordar que, ante el decepcionante desempeño del refuerzo Carl Cawford,
Ellsbury se hizo cargo del primer bate y logró robar 39 bases.

Si los cegatos de la Asociación de
Cronistas del Beisbol no compran espejuelos para poder leer mejor los números
del centerfielder, deberían desahuciarlos del oculista y enviarlos al
siquiatra: Jacoby es la principal seleccion al MVP de esta temporada.
Pero hay que reconocer que, al crearse la inestabilidad en la parte alta
del line-up por la baja producción de Crawford, de quien esperaban 45 ó más
bases robadas, promedio sobre trescientos y el aceptable bateo con poder que lo
identifica más sus excelentes números históricos de embasamiento y anotadas,
pues esa novena perdió parte de su poder en el papel.
Después de Jacoby, Pedroia, Adrián y Ortiz, más Scutaro con un aceptable
.299, fueron los únicos que hicieron algo digno de destacarse en la ofensiva
del club.
Tim Wakefield fue una figura de museo todo el año, dio la impresión que
lo tenían en el staff como vitrina para mostrar al tipo que tira knucleball
cuando su lugar debió ser en la Instruccional como maestro de novatos.
Claro que existen otros aspectos, la parte del pitcheo abridor ajeno a
Wakefield, las lesiones…por, hoy, lo que dije, sobra.

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