La ira, de Billy Martin a Carlos Zambrano

Por Andrés Pascual

 

La
“ira” es uno de los “Siete Pecados Capitales” según los designios bíblicos; de
cumplimiento obligatorio en la estancia del pelotero en la tierra para
asegurarse su entrada a Cooperstown, especie de Paraíso a donde será elegido
para evitar que su “alma vague en pena por siempre jamás” por los vericuetos
del sórdido Purgatorio por pecados que nadie ve y con virtudes que resaltan,
como ocurre con Orestes Miñoso, David Concepción, Al Oliver, Babe Hermann, Luis
Tiant, Lefty O’Doul, Tony Oliva, o como les ocurrió a Luque y a Alejandro Oms…

Para
tener acceso al Templo tiene que, prácticamente, nacer sin “ira” si no es un
blanco “anglo” o, desde los últimos 40 años, negro de minoría americana; pero
la ira es mala acompañante y peor consejera, que ejemplos sobran.

Si
entre el ayer-hoy del beisbol de grandes ligas tuviera que nombrar una
similitud entre dos jugadores ¡Una sola! no dudaría en seleccionar las
conductas de Billy Martin y del pitcher venezolano Carlos Zambrano; aunque en
realidad no son similares, sino parecidas y, el punto donde se cruzan estos
caracteres volátiles e irracionales, si cabe, es en la facilidad para estallar
airados al extremo de agredir, no verbalmente, sino con lo que tengan a su
alcance.

Martin,
recordado segunda base de los Yanquis y de otros equipos, manager que adquirió
más fama por discutir “furiosamente” que por ganar campeonatos, era un
individuo de complexión menuda comparado con Mantle; una vez que los Mulos
jugaban contra Cleveland, un serpentinero novato le pegó una bola y casi se
faja con él; pero la intervención del árbitro evitó el derroche de liquido
escarlata; después del juego, llamó al joven en buena forma como para arreglar
el asunto amistosamente y cuando el tipo estuvo a un pie casi, le tiró una
derecha que ni las de Joe Louis. El golpe fue tan grave que hubo que operarle
la nariz al infeliz y en esto se combinaron la sorpresa traidora y la fuerza
del impacto.

Ese
incidente terminó con la paciencia de la Organización y Martin fue enviado a
otro club con más urgencia que la respuesta del 911.

Hacía
tiempo que un grupo de sicólogos, contratado por los Yanquis, había considerado
que la conducta del ex intermedista estaba erosionando la personalidad de
Mickey Mantle por su influencia en el artillero en la adicción al licor, a la
juerga nocturna y a las peleas casi tumultuarias en cabarets neoyorquinos, que
no lograron parar a tiempo y los resultados fueron catastróficos para el nombre
en sociedad de “El Cometa de Commerce”.
Carlos Zambrano, uno de los lanzadores de más condiciones físicas para
el juego, de velocidad, de buen slider… es un “iracundo” del tiempo actual; ese
si le hace honor al apelativo, no como el grupo musical de los 70’s que cantaba
canciones que tenían que ver con lágrimas rodando y cosas de esas…

El
venezolano es un gigante de más de 6’ pies y 250 libras de músculo y algo de
grasa “entreverá”; lo mismo rompe un cristal, que una puerta, que acaba con el
dugout o el clubhouse…muy importante, gana millones; pero, de un tiempo a esta
parte, rinde para pesetas de acuerdo a su nombre y a su salario; a pesar de un
cero hit cero carreras. Se frustra con facilidad y entonces aflora la “ira”
famosa en carácter de tromba destructora, que se mide en señalar a cualquiera
como el causante de su inefectividad.

Me
parece que a Zambrano lo tienen considerado en rango de loco, porque hace unos
3 años de años declaró que en el club “no se metía el cuerpo”, que debe
entenderse como que “se tirá un maja’ y esa bola pasó por el centro y nadie le
tiró. Igual que aquel comentario de Vizquel después de la derrota del Cleveland
ante los Marlins en que acusó de lo mismo a Manny Ramírez, sin investigaciones
ni trascendencia. Cuando este tipo de jugador habla fuerte, tal vez descubra
cosas tabú para la franquicia y para las oficinas del Beisbol Organizado.
Vizquel es tranquilo, asentado, compartidor… acaso el mejor shortstop de todos
los tiempos, entonces no se le provoca para no alimentar el fuego; pero el pitcher
de los Cubs…

Hace
dos temporadas, al pitcher venezolano le aplicaron una medida de tiempos
modernos al enviarlo “a pasar un curso” de control de la ira; es decir, lo que
requirió un correctivo ejemplarizante, lo premiaron con el descanso en el aula
inoperante: especie de aplicación de mercuro cromo sobre una llaga de pierna
gangrenosa.

Hoy
hay escuelas para controlarlo todo: la adicción a la bebida con Alcohólicos
Anónimos; a la droga con mil centros como el Betty Ford y así…

Muy extraño,  la academia es “para controlar la ira”, no
para erradicarla y dicen que el pitcher venezolano aprobó con notas de
excelencia…después de eso, cada vez que no ha dado strikes; o cuando ha lanzado
alguno y pasó de línea como un cohete rumbo a los jardines, la ira ha regresado
ratificando la inutilidad de la academia o lo pésimo del personal docente del
centro.

Esas
escuelas, como la de DUI, son buenas solo para “tumbar” dinero.
Cualquier mortal sabe que la ira natural, que es ancestro genético, nace
de situaciones de desespero o como reacciones a estímulos identificados (y
rechazados) como enemigos; por eso aquí un tipo desempleado mata a media
humanidad, porque se reconoció víctima de ella y la culpa como generadora de
sus males erróneamente; pero, ¿Será ese el caso de Zambrano? ¿Quién sabe?

Lo
último en el sainete Zambrano-Cubs fue su anuncio de retiro prematuro,
irresponsable e irracional, que luego desmintió a la carrera su agente, a lo
que la Organización le respondió como S & P al manejo de la deuda
americana: degradándolo.

El
club se está cansando de este tipo especial e irregular de chantaje por lo que
le han puesto un fuerte castigo de suspensión sin sueldo, aparentemente, tiene
asiento separado en el Purgatorio. Si sigue así, ni “el médico chino” lo salva.

 

 

 

 

 

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