La Pequena Serie Mundial de 1959

La Pequeña Serie Mundial
es el encuentro de postemporada que decide el campeón, clasificación Triple-A,
entre el ganador de la Liga Internacional y el vencedor de la Asociación
Americana.

Según escribió Stew Thornley en el libro
“La gloria y la fama de los Molineros de Minneapolis”, pocas en su historia
fueron tan excitantes y peligrosas como la que jugaron en 1959 los Cubans Sugar
Kings, de La Habana, y el club objeto del libro.

Y es que no solo fue una de las más
disputadas juego por juego, en la que el séptimo se decidió en el noveno inning
con otros dos en entradas extras; sino que, según Thornley, testigo presencial
del evento como reportero, “Fue la única en que las ametralladoras y los
fusiles superaban la cantidad de bates de ambos equipos juntos…”

Los Molineros, un equipo sucursal de los
Medias Rojas de Boston, dirigido ese año por Gene Mauch era, en 1959, defensor
del banderín ganado el anterior por barrida en 4 juegos contra los Reales de
Montreal. El de 1959 sería el Clásico # 42 de su tipo.

Minneapolis hacía su tercera aparición en
cinco años en la Pequeña Serie Mundial, a la que asistió reforzado con dos
jugadores que, en 1960, estarían en el club matriz de la Liga Americana: el
jardinero Lou Clinton y el entonces segunda base de 19 años, inmortal del
juego, Carl Yastrzemski, que se les unió durante los playoff de la Asociación.

Del otro lado, los Cubans habían
concluido 1958 en el sótano de la Internacional; pero, en 1959, terminaron en
el tercer lugar del estado de los equipos del calendario regular; entonces se
impusieron al Columbus y al Richmond en los playoff ganando el boleto al
evento.

A los Cubans los dirigió Preston Gómez y
su plantilla fue una mezcla de peloteros latinos con mayoría cubana y de
refuerzos americanos aportados por el club matriz, los Rojos de Cincinnatti.
Varios de los jugadores de los Azucareros ganarían respeto y fama en Grandes
Ligas como Leonardo Cárdenas, Miguel Cuéllar, Cuqui Rojas, Haitiano González o,
por sus soberbios relevos para los Yanquis en Serie Mundial, el lanzador zurdo
boricua Luis “Tite”Arroyo.

1959 fue el año en que Cuba perdió la
categoría de “paraíso” convirtiéndose en una pesadilla que alcanzaría niveles
de infierno en muy poco tiempo; en el cual,
bajo condiciones únicas de peligro, no vistas antes ni después en esos
eventos, se celebró la más grande e importante serie jugada por un equipo
cubano e hispanoamericano jamás, hasta hoy, en el Beisbol Organizado.

El peligro por el evento terrorista con
justificación política, o por desborde de la enfermiza pasión por la
consolidación de la confusión de todo el pueblo, repercutió en la pelota: poco
después de la medianoche del 26 de Julio, mientras jugaban los Cubans contra
los Alas Rojas de Rochester el 11no. inning de un partido del calendario
regular en el Cerro, las demostraciones de celebración por la fecha del Ataque
al Cuartel Moncada 6 años antes, incluyeron tableteo de ametralladores y
disparos continuados con fusiles, pistolas y revólveres que convirtieron a La
Habana en una plaza en guerra extraña. Varios plomos encontraron su camino de
descenso dentro del terreno de juego hiriendo levemente al coach de tercera del
Rochester, Frank Verdi y al torpedero cubano Leonardo Cárdenas. Este incidente
estuvo a escasos milímetros de adelantar el traslado de ciudad de los Cañeros,
que se produjo en julio del año siguiente bajo señalamientos de “peligro
extremo”.

Roberto “Bobby” Maduro, propietario de los
Cubans, para no perder la oportunidad de celebrar la Pequeña Serie Mundial en
el estadio de la barriada del Cerro, elevó al Presidente del circuito, Mr.
Frank Schaugnessey, un comunicado que decía: “No hay violencia en La Habana ya.
Los fanáticos, por ahora, solo tienen presente el beisbol en sus intereses.”
Fidel, personalmente, garantizó la observación que fue una súplica. Las Ligas
Menores, a través de Mr. George Trautman y el propio Circuito Internacional,
así como del Secretario de Estado, Cristian Herter, lo aceptaron…la Pequeña
Serie Mundial tenía bandera de vía segura por el carril antillano.

La serie se inició en Bloomington, en el
estadio Metropolitano. Allá iban a ser jugados los primeros dos juegos del
evento; pero un repentino tiempo invernal con grandes nevadas decidió el
destino del resto de los juegos en el estado…

El domingo 27 de septiembre solo 2,486
fanáticos asistieron a la derrota de su equipo 2-5 contra los Cubans en el
inaugural. A 1,500 millas de casa, con un frío desconocido para ellos,
alrededor de 1,000 fanáticos cubanos estaba en las gradas de aquel  estadio, con la algarabía natural del Cerro,
con el Hombre de la Sirena y con el incansable repicar de tambores y trompetas
de la conga de Papa Boza apoyando a los suyos de tal forma, que los Molineros
aparentaban ser huérfanos de fanaticada en su casa. Según escribió Thornley,
“parecía que la tierra se tragaría al estadio cuando los visitantes lograron un
racimo de cuatro carreras en el tercero por el atronador ruido de maracas y
sirenas, matizado con el ondear de banderas cubanas por varias secciones de la
instalación”.

El tiempo empeoró y la asistencia mermó
para el juego # 2 con solo 1,062 pagando la entrada; pero esto no detuvo a la
artillería de largo alcance de los Molineros, que revertieron desventajas de
0-2 y 2-5 para, finalmente, imponerse 6-5: Roy Smalley, cuñado del manager Gene
Mauch, metió un jonrón para empatar a dos en el segundo y Lou Clinton y Red
Robbins reempataron a cinco, también con cuadrangulares, cerrando el octavo. La
victoria de los de casa se produjo por medio de otro jonrón de Ed Sadowski en
el noveno.

Los jugadores de los Cubans parecían más
afectados por la fría temperatura que por las anotaciones de los Molineros: el
consumo de grandes cantidades de café hirviendo y el uso de toallas y colchas
para envolverse, daban una imagen ártica al dugout visitante. La revista
Bohemia publicó una curiosa foto de AFP en la que se veían al catcher Enrique
Izquierdo, al pitcher Raúl Sánchez y al infielder Octavio “Cuqui” Rojas
alrededor de un latón de basura ardiendo, dentro del dugout, para calentarse.

El 29 de septiembre se suspendió el juego
por nevada y la Comisión de Ligas Menores decidió el traslado a La Habana de
los partidos restantes. Para muchos que participaron en el acontecimiento,
desde jugadores a narradores, la solución de emergencia benefició al club
cubano, al extremo de que consideran que el campeonato se ganó por el traslado
total de los juegos restantes al Estadio del Cerro.

Si a la Serie entre Yanquis y Mets hoy,
como a la de los Bombarderos y el Brooklin ayer, se les llama “La del Metro”,
la que se jugó como colofón a la campaña de Triple A de 1959 se debió bautizar
como la del Estrecho de la Florida. Empezaba entonces el enfrentamiento, ante
su público, del verdadero momento de grandeza de la pelota cubana hasta el día
de hoy con los Cubans contra Minneapolis.

En medio de una majestuosa parada de
bienvenida desde el aeropuerto a la ciudad, luego del arribo a La Habana
de  ambos equipos y en una gala  al efecto, Bobby Maduro dijo: “Esto es un
evento nacional”. Fidel Castro estaba presente y no habló; pero asistiría a
cada desafío efectuado y toda la cúpula gubernamental fue obligada a presenciar
por lo menos un juego como política personal dictada por el sátrapa.

Castro entró al terreno por el centerfield
para el primer y último juego celebrados en Cuba y se sentó en diferenes
secciones de palcos; en uno de los partidos le retrataron en el dugout de los
Cubans entre Borrego Alvarez y Ray Shearer.

En la pequeña ceremonia en el plato que
precedió el primer juego, el dictador se dirigió a los mas de 25,000
asistentes: “Vine aquí para ver a nuestro equipo derrotar al Minneapolis, no
como Premier, sino como fanático; quiero que nuestra novena gane la Pequeña
Serie Mundial… ¿Qué mejor después del triunfo de la Revolución?” Acto seguido,
le dio la mano a cada jugador de los dos equipos.

Según Stew Thornley, los Molineros estaban
nerviosos con aquellos barbudos que los saludaban con señas de manos y cabezas
hasta 7 veces cada uno, por lo que salían muy poco de sus cuartos en el Havana
Hilton. Algunos consideraron ese detalle como trabajo colateral de apoyo a la
victoria.

Aunque Gene Mauch siempre dijo que nunca
se sintieron amenazados, más de 1,000 soldados estaban allí durante los juegos,
alineados como segunda barrera de protección a las reglas especiales de
terreno, o en los dugouts…

Ted Bowsfield, pitcher del Minneapolis,
describió así su preocupación: “Eran jóvenes, muchos de 14, 15 y 16 años,
jugando con sus armas al lado de uno. A cada rato escuchábamos disparos fuera
del estadio y nunca supimos la razón…”

Tom Umphlett, jardinero central visitante,
al entrar al dugout después de hacer una atrapada a lo profundo de su posición,
le comentó a Mauch: “Uno de esos barbudos me prometió que me iba a matar e hizo
la señal de media circunferencia, con el dedo a través del cuello, que en Cuba
no se hace como para cortar la cabeza; sino como símbolo de victoria.
Evidentemente, hubo peloteros del Minneapolis aterrorizados en aquella serie.

El tercer juego lo abrió el club de la
Asociación con ventaja de 2-0; pero los Cubans empataron en el octavo a dos y
ganaron con otra en el décimo. Yastrzemski, que la sacó a 400 pies por entre el
right-center, escribió en su autobiografía: “Era una revolución en las calles y
las armas, disparadas constantemente en tus narices, hacían violento el
espectáculo”

Los Sugar Kings empataron a tres el cuarto
juego en el cierre del noveno con sencillo de Daniel Morejón, que también
empujó la anotación ganadora con otro hit en el onceno.

A uno de la eliminación en 4 juegos, el
Minneapolis se repuso y ganaron los próximos dos, empatando la serie a tres.

En el séptimo juego, Castro alteró su
entrada desde el centro del terreno y, en vez de caminar frente a la cueva de
los cubanos, lo hizo por la de los visitantes. De acuerdo a Lefty Locklin, del
Minneapolis, cuando pasó frente al bullpen, despacio y mirándolo fijamente, le
dijo en inglés, mientras se tocaba la pistola que llevaba: “Hoy ganamos
nosotros”.

Sin embargo, los Molineros dieron la
impresión de que no creían en supuestos fantasmas y Joe Macko abrió el cuarto
episodio con jonrón al izquierdo, mientras Lou Clinton hacía lo mismo en la
sexta para poner delante a su equipo 2-0.

La
ventaja forastera se mantuvo hasta el 8vo. en que Pelayito Chacón abrió con
sencillo y, después de un out, Morejón bateó una línea que picó y se internó en
el público, bajo reglas especiales de terreno, que fue declarada doble. Ray
Shearer se ponchó sin tirarle para el segundo out; pero el emergente Larry
Novak conectó hit al center que empató el desafío.

En el cierre del noveno, con el score
empatado, los Cubans colocaron corredores en segunda y primera con dos outs. La
mala suerte de los Molineros, además de la nieve que les impidió servir de
anfitriones en 2 juegos, reapareció en el plato en la figura del Jugador Más
Valioso del evento, el jardinero Daniel Morejón que, al primer lanzamiento,
conectó hit de línea que le permitió llegar de cabeza a Raúl Sánchez antes que
el tiro de Umphlett, con la carrera que decidió el memorable juego.

Los Molineros de Minneapolis regresaron a
su casa tristes por la derrota, pero aliviados por la tensión de la actividad
irresponsable, enmascarada en juerga y diversión a que, aún, acostumbra la
tiranía.

Ted Boewsfield declaró después: “No tuvo
peso perder el juego en ese país y bajo aquellas condiciones, estábamos felices
de regresar sanos y salvos…”

Mientras, La Habana iniciaba tres días de
fiestas por la tremendísima victoria de los Cubans que, al año siguiente y por
esa fecha, Castro se había encargado de sellar para siempre obligando a las
autoridades americanas a trasladar el club a Nueva Jersey.

Por Andrés Pascual

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