Regresa el pitcheo soberbio y espectacula

Una de las justificaciones a favor del favoritismo personal ha sido “…bueno, pero todos los que lo usaron no lo consiguieron…”; era lo común y rutinario escuchar para encumbrar a Sosa, a Bonds, a Tejada o a Roger Clemens.
El problema que presentan hoy “los abogados del diablo” es que, una vez inhabilitados los jugadores de usar sustancias de crecimiento por miedo a “la prueba al azar”, reaparece el pitcher como elemento de protagonismo único en el beisbol, papel que nunca debió perder en el guión de esta novela de horror que no fue cosa de un día, sino que identifica todo un período de suciedad y trampa, de contubernio generalizado contra el juego, contra el fanático, contra la historia y contra la moral del pasatiempo.
Si no hubiera existido el período esteroides, Bonds y Clemens se hubieran retirado antes y no hubieran colocado sus récordes fuera del alcance de “los mortales”: esa retahíla de jonrones durante 5 ó 6 años; esa cantidad de victorias después de tener el brazo prácticamente arrancado; ese rosario de MVP’s y de CY YOUNG’s, son parte de la vergüenza nacional con culpa directa sobre el Comisionado, sobre el Sindicato y sobre los Dueños.
Ahora mismo, hay pitchers cuya tarjeta de indentificación contiene, inexcusablemente, el dato de superestrella; en ruta al superstrellato, otros y el de buenos lanzadores una cantidad que iguala al de cualquier período grande de la historia, cuando el beisbol se dirigía y administraba seriamente, con la responsabilidad que requiere un deporte que no solo es el nacional, sino que tiene una notable influencia en la grey infantil y juvenil.
Los serpentineros Josh Johnson, Félix Hernández, Roy Halladay, CC Sabathia o Tim Lincecum clasifican fácilmente como superestrellas de la serpentina, con otro grupo luchando por integrarse a los consagrados, entre los que se encuentra el venezolano Ricky Nolasco y otro mayor de magníficos lanzadores que tienen etiqueta de buenos estilo cualquier tiempo pasado.
Sin embargo, los mecanismos “evolutivos”, empleados supuestamente para mejorar el juego, obstaculizan, aunque posean las herramientas para brillar con todo su esplendor, que los pitchers puedan colocar los números antaño grandiosos: los 300 juegos ganados están en ruta a desaparecer; las temporadas de 20 ó más victorias que pudiera tener un lanzador en el orden de 6, 8, 10, en una época que se juegan 8 partidos más que antes de 1961, pudieran no volverse a repetir; la disminución de los juegos de nueve ceros ya es una evidente realidad y la de los juegos completos.
Los relevos, como resultado del número de lanzamientos o de innings trabajados, no solo crean un ambiente decepcionante para la labor de los abridores, sino sombría, más que clara y esperanzadora, para los propios clubes que, por regla general, dejan escapar victorias por esos cambios, tan frustrantes y rutinarios, que cansan.
Sin embargo, la reducción del uso de sustancias de fuerza y crecimiento es lo que va regresando al beisbol de nuevo a la normalidad: el rey del juego es el pitcher y el 75 % de la responsabilidad en la victoria es de la defensa, que incluye al trabajo monticular.
Los grandes bateadores, sin guarismos espantosos para fanáticos de la gradería, son posibles como elementos humanos, que encabecen los departamentos del bateo; pero no separados del resto de los hombres por una línea cuestionable, en igual medida que insalvable para la competencia histórica que, por eso, no podría emularlos en el mismo terreno y con las mismas y deshonestas armas que se usaron hasta el año antepasado.
Ichiro está ahí, cada vez que uno mira los promedios del Seattle, el tipo está montado en el potro de los .300, y John Mauer, y Pujol y Miguel Cabrera…
Hace falta que a estos mismos que descompusieron el potaje con demasiada sal, por miedo a la baja en los números de audiencia y asistencia, con lo que nunca tuvo que ver la cantidad de jonrones, sino la huelga, no se les vaya a ocurrir desarreglarlo con más picante otra vez y se forme un desbarajuste que no pueda resolverlo ni Mandrake el Mago.

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