El juego que Cuba no pudo ganarle a Canonico

El beisbol amateur cubano era fuerte, lo mismo en la Liga Nacional, adscrita a la Unión Atlética, que en el circuito militar de la Inter Fuerzas Armadas; sin embargo, único caso en todo el mundo, los mejores jugadores cubanos actuaban profesionalmente, incluidos los negros: ni Bragaña, ni Dihigo, ni Santos Amaro, ni Roberto Ortiz ni, para 1941, Tomás de la Cruz, Fermín Guerra, Jorge Comellas ni Silvio García podían integrar el equipo que defendía el pabellón tricolor. Aun así, los antillanos se ganaron la etiqueta de “equipo a derrotar”, sazonado con el adjetivo “poderoso”.
Los aficionados tenían grandes peloteros; sin embargo, a partir del salto al beisbol rentado de Napoleón Reyes, al que siguieron la mayoría de sus estrellas, el amateurismo vio descender el nivel de juego del circuito y, con este, el de la asistencia a los estadios.
En Cuba ocurrió algo curioso y a la inversa con respecto a Estados Unidos: mientras Jackie Robinson y los peloteros negros hicieron más llamativo al Beisbol Organizado, en la Isla fueron los blancos del amateurismo quienes se encargaron de llenar el Estadio del Cerro y de fortalecer a la Liga Invernal que, nadie lo dude, navegaba en un mar de dudas con respecto a su futuro. Si los jugadores amateurs, todos blancos, no saltan, la Liga Cubana se hubiera acabado, por desinterés manifiesto y por anemia económica.
En 1941, se jugó la 4ta. Serie Mundial de Beisbol Amateur en el estadio Cervecería La Tropical, como siempre, el gran favorito era el team cubano, que basaba su superioridad sobre el resto en un concepto superior del sentido del juego, en su velocidad y defensa y en que disponían de una rotació de pitcheo muy pareja para la competencia de corta duración.
La escasez de pitchers de puntería contrarios, capaces de hacer una labor ganadora o decente, se manifestó cuando Venezuela derrotó a Cuba en el último juego de la Serie, con Daniel Canónico en el balk y score de 4-1; entonces propusieron dejar el torneo empatado con los antillanos; porque, “no tenemos pitcheo disponible”, a lo que Cuba respondió con la petición, al Comité Organizador, de celebrar el desempate tres días después para que el Chino pudiera regresar a la lomita. Más que una actitud de “sportsmanship”, era la confianza en la victoria y los deseos de matar a palos al pitcher “con muy poco en la bola” que los había humillado.
El juego se calendarizó para la tarde del 22 de octubre de 1941, con “El Premier” Conrado Marrero y Daniel Canónico en las trincheras de cada novena.
Cuba perdió la Serie cuando los visitantes facturaron un rally de 3 en el primer episodio, que incluyó un costoso error de Segundo “El Guajiro” Rodríguez en el centro, bueno para dos anotaciones, que hubieran sido suficientes: Pérez Colmenares abrió con boleto y Romero Petit elevó al jardín izquierdo; con un out, Benitez también recibió transferencia, entonces Chucho Ramos bateó línea de hit al centro que el Guajiro Rodríguez dejó que siguiera “como Pedro por su casa”, anotando los dos corredores embasados y llegando el bateador-corredor a tercera, desde donde anotó por texas-leaguer de Casanova al central.
Lo demás se sabe, los cubanos pudieron anotarle una al Chino en el noveno, que transitó toda la ruta con más velocidad en sus envíos, con más control y más confianza, si cabe, que lo que había demostrado antes.
Un mar de gente paseó por el legendario terreno al pitcher vencedor que, con esa victoria, demostró que, en el juego de pelota, no hay invencibles ni enemigos pequeños, aunque parezca lo contrario.

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