mayo 2011

Branch Rickey y los obstaculos en el camino

Por Andrés Pascual

Chet Brewer, de larga trayectoria en casi todo el Caribe, estuvo contratado a principios de los 30’s por un club de Ligas Menores, pero el Comisionado de ese circuito anuló la firma del pitcher negro.
Jimmy Claxton, otro pitcher, perforó la barrera racial por dos meses con el Oakland Oaks de la Costa del Pacífico en 1918.
Para integrar al beisbol no solo era un obstáculo el racismo con su Pacto de Caballeros; sino que existía otro de vital importancia: el alquiler de los estadios de las grandes ligas a los clubes de ligas negras cuando aquellos estaban jugando como visitantes.
Los dueños sabían que la integración produciría un éxodo de estrellas negras hacia el beisbol de los blancos, lo que traería como consecuencia un sensible debilitamiento hasta su desaparición del circuito sepia y, con este, la del fanático de esa pelota, que se trasladaría hacia los terrenos de las Mayores; por lo tanto, los magnates de las Grandes Ligas perderían la fuente de ganancias que generaba la renta de sus instalaciones. Además, el 80 % de los peloteros negros, que eran la cantidad que no podría jugar en el Beisbol Organizado de inmediato, perderían sus ingresos para el sustento.

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Murio el Asesino en Serie de Minnesotta

En 1954, Harmon Killebrew no había cumplido aún 18 años y ya estaba vestido con el uniforme de los Senadores de Washington. El sistema de fichaje conocido entonces como “bonus baby”, que estimulaba a jóvenes casi niños, tuvo en este jugador, en Johnny Antonelli y en Al Kaline sus mejores resultados.
1955 lo pasó con el club matriz de la Americana y 1956, 57 y 58 estuvo en ligas menores, con acceso a los Nacionales brevemente en 1957.
En 1959 comenzó la leyenda de uno de los bateadores más salvajes que el beisbol haya conocido.
Ocho campañas con más de 40 jonrones solo tienen competencia en la historia con Babe Ruth.

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Abogado, espia, linguista y pelotero

Por Andrés Pascual

Moe Berg fue un catcher de reserva y de bullpen durante 15 campañas en Grandes Ligas; no se destacó como un gran jugador, porque fue peor que mediocre como bateador, pero sí un gran receptor defensivo.
Ameno, culto y educado, judío de padres rusos emigrados a Estados Unidos a finales del siglo antepasado, vino al mundo en Nueva York, el 2 de marzo de 1902.
Se dice que la famosa frase del cubano Mike González, “good field, no hit”; o, “bueno a la defensa, no al bate”, la escribió en un reporte sobre Berg a mediados de los 20’s.
Moe Berg es una figura fascinante, enigmática y extraña de la historia contemporánea de Estados Unidos: graduado de Leyes en Princeton durante la era de Albert Einstein en la docencia en el alto centro, su avidez por los textos originales le convirtieron en filólogo-políglota, estudios que realizó aquí y en la Sorbona de París.
Sin embargo, el erudito acostumbraba a responderle a los que se sorprendían por su cultura y elevado desarrollo intelectual: “…de nada me sirven ni las leyes ni las lenguas cuando entro al home a batear…”
En una oportunidad, alguien dijo delante del inmortal Ted Lyons que “Berg aparenta algo diferente…”, a lo que el lanzador ripostó con “Moe es diferente, no aparenta…”
El beisbol lo introdujo en Japón, en 1873, un profesor visitante, pero se convirtió en pasión después que vieron jugar a peloteros de las Grandes Ligas, que visitaban el país agrupados en All Stars y, sobre todo, después que vieron a Babe Ruth conectar 13 jonrones en una de esas giras.
En 1934, un Todos Estrellas formado por Ruth, Gehrig, Gheringer y Foxx, que incluyó a Moe Berg, entre otros, visitaron al País del Sol Naciente para su gira rutinaria.
Sin embargo, el catcher se entretuvo en actividades ajenas al diamante, una de ellas, desde el techo del hospital en el que había dado a luz una hija del embajador americano, con una cámara especial ajustada a una de sus piernas, fotografiar los alrededores de la ciudad y de los posibles complejos y bases militares japonesas. Siete años antes del ataque a Pearl Harbor, un pelotero nombrado Moe Berg, espiaba los movimientos del despliegue militar nipón en la capital. Antes de que la Rosa de Tokio iniciara su campaña sicológica radioléctrica contra los americanos.
En 1939, su último año como bigleaguer, Berg comentó con preocupación, en el bullpen de los Medias Rojas de Boston, “…uno aquí, bromeando; Europa al borde del incendio y este país a las puertas de la confrontación, tal vez por el lado Oeste…”
En 1939 y 1940, Berg se mantuvo como coach de beisbol; pero, después del bombardeo a la base aérea norteamericana del Pacífico, se le seleccionó para que leyera en japonés un mensaje al pueblo nipón, en el que les decía, entre otras cosas, que era una estupidez entrar en guerra contra Estados Unidos, por lo que el presidente Roosevelt le felicitó. Desde ese momento, se inició la labor de infiltración de Moe Berg en las filas enemigas.
De 6’1 de estatura, trigueño, siempre vistió de traje, corbata negra y camisa blanca. Hablaba y escribía 8 lenguas, entre ellas, la rusa, la francesa, la italiana, las eslavas, alemana y español. Fue su alto perfil intelectual lo que le permitió servir a su patria en el difícil, peligroso y oscuro mundo del espionaje durante la 2da. Guerra Mundial.
La primera asignación importante del espía fue durante principios de 1942, en que se le destacó en algunos países de Latinoamérica, por la relevancia que cobraba la propaganda hitleriana, como Argentina, Chile, Uruguay o Brasil.
Poco después, comenzaría la peligrosa misión de gran relieve del ex catcher, al descender en paracaídas en Yugoslavia, para tratar de localizar posibles científicos nucleares nazis en Alemania y los movimientos en los laboratorios en que se trabajaba el llamado “agua pesada”.
Alli le escuchó decir a uno de esos científicos que “Estados Unidos no está ni remotamente cerca de nosotros en esto”. Entonces la información sobre el arma atómica se convirtió en obsesión para Roosevet. Un mensaje de Berg calmó parcialmente al presidente: “todavía no, pero en 6 meses la tendrán…” lo que aceleró los planes para los bombardeos quirúrgicos a objetivos especiales dentro del Tercer Reich.
Otro objetivo del espía fue localizar a científicos disgustados con Hitler, contribuir a sus deserciones y hacerlos salir hacia países aliados.
Moe rehusó recibir la Medalla al Mérito Civil, por su labor en el frente antifascista, a riesgo de su propia vida. Ni su hermano conoció la actividad que hizo que muchos le consideraran traidor hasta que concluyó la guerra.
Tampoco se sabe si, después del conflicto, continuó en operaciones con la oficina de Servicios Estratégicos, célula originaria de la CIA. Berg nunca habló del asunto.
No se casó, pero tenía una amiga íntima en Inglaterra que le relacionaron como compañera sentimental.
En Cooperstown está la medalla que le rechazó a Truman, en 1946, como trofeo de incalculable valor para el beisbol y para la historia patria.
En una oportunidad, el cronista Dan Daniel, como Moe, judío, escribió: “…si no hubiera sido real, nadie hubiera podido crear un carácter semejante”.
Durante los 50’s, Casey Stengel dijo, “Ese es el tipo más extraño que haya estado en el beisbol jamás”.
El 29 de mayo de 1972, tras una caída en su apartamento, en Newark, murió Moe Berg. Tenía 70 años.

Los peloteros necesitan mas tiempo

Por Andrés Pascual

Los casos de jugadores de beisbol que son seleccionados en el draft colegial; o firmados como agentes libres fuera de Estados Unidos, con la excepción de los cubanos y los asiáticos, que logran ingresar a las Grandes Ligas de inmediato, son infrecuentes.
Por la agencia libre, nadie del área caribeña ha podido firmar y debutar en Grandes Ligas, sino que, obligatoriamente, han tenido que pasar por el proceso de Ligas Menores y, después, si hacen el grado, ascender a las Mayores, a las que llegan menos del 50 % de los que firman.
En la NFL y en la NBA no ocurre así: del sorteo, a vestir la camiseta del club que lo eligió; tampoco existen ligas de categoría inferior que los preparen para asimilar la diferencia de juego, aparentando que son deportes de menos complejidad atlética, en que la experiencia previa y la madurez no deciden mucho a la hora de ser escogido. También ha sucedido que, algunos, han logrado la categoría superestelar como reclutas de primer año y muchos comienzan como regulares en sus equipos.
Los casos cubanos y asiáticos no son comparables con los del resto del área caribeña, incluso con la mayoría de americanos, porque muchos llegan pasados de edad, en rango de veteranos, para la durabilidad laboral que justifique su inversión, entonces los apuran.
Con los nipones, por su experiencia profesional en una liga que, aunque no tiene ni el 70 % de la media del nivel de las Mayores, supera con creces la calidad del resto del mundo, la tendencia es a hacerlos debutar más rápido o directo, con menos margen de error en cuanto al éxito personal por el riesgo de firmarlos.
El único caso, extraño e incomprensible, es el del infielder Alexei Ramírez, que llegó sin conocer los circuitos menores con más de 25 años de edad y, con desempeño por encima de lo relativo o promedio, se estableció y triunfó antes que su compatriota Kendry Morales, de más proyección y clase. Incluso Orestes Miñoso, que se baraja a menudo como merecedor del Salón de la Fama, necesitó una escala en las Menores para poder ascender, definitivamente, a las Mayores. En el caso del Cometa de Chicago, al momento de firmar, tenía experiencia en la Liga Cubana y en Ligas Negras, lo que hace mucho más raro el caso de Ramírez.
Cuando Johnny Antonelli firmó a los 18 años con los Gigantes de Nueva York, Al Kaline a los 19 con los Tigres de Detroit y Harmon Killebrew a los 17 con los Senadores de Washington, se convirtieron en sensaciones y fueron directamente al banco de sus clubes sin jugar como regulares; entonces les llamaban “bonus babies” a los peloteros que, a edad tan tierna, no solo firmaban, sino que integraban las plantilas de equipos de Grandes Ligas.
Kaline ganó el champion bate de la Americana al año siguiente, 1954, a los 20, pero Killebrew necesitó 4 para establecerse,
El caso de Joe Nuxhall no es interesante, porque Cincinnatti lo llevó al club a los 15 años y lanzó en menos de un inning, pero lo bajaron y regresó después de 6 campañas a los Rojos. Bob Feller estaba a los 19 años en la trinchera del Cleveland, en 1938.
Ken Griffith jr. debuto a los 19 años con el Seattle; pero había sido seleccionado en el sorteo colegial de 1987.
En 1973, un estrella del baloncesto colegial se decidió por el beisbol y entró directo a las Grandes Ligas vía Padres de San Diego. Sin embargo, en ese momento, Dave Winfield tenía 22 años.
Mel Ott, uno de los más grandes jugadores de la historia, firmó como agente libre en abril 2 de 1926 y debutó el 21 del propio mes y año con los Gigantes de Nueva York. Esa campaña, con solo 16 años (no había cumplido 17), John McGraw lo puso a jugar en 35 juegos, al siguiente en 82 y, en su tercero, con solo 18-19, en 124.
Pero, no es frecuente que, en el beisbol, se llegué sin experiencia profesional previa, lo que hace a este juego más complejo en preparación psíquico-física que todos los otros de conjunto.

El juego que Cuba no pudo ganarle a Canonico

El beisbol amateur cubano era fuerte, lo mismo en la Liga Nacional, adscrita a la Unión Atlética, que en el circuito militar de la Inter Fuerzas Armadas; sin embargo, único caso en todo el mundo, los mejores jugadores cubanos actuaban profesionalmente, incluidos los negros: ni Bragaña, ni Dihigo, ni Santos Amaro, ni Roberto Ortiz ni, para 1941, Tomás de la Cruz, Fermín Guerra, Jorge Comellas ni Silvio García podían integrar el equipo que defendía el pabellón tricolor. Aun así, los antillanos se ganaron la etiqueta de “equipo a derrotar”, sazonado con el adjetivo “poderoso”.
Los aficionados tenían grandes peloteros; sin embargo, a partir del salto al beisbol rentado de Napoleón Reyes, al que siguieron la mayoría de sus estrellas, el amateurismo vio descender el nivel de juego del circuito y, con este, el de la asistencia a los estadios.
En Cuba ocurrió algo curioso y a la inversa con respecto a Estados Unidos: mientras Jackie Robinson y los peloteros negros hicieron más llamativo al Beisbol Organizado, en la Isla fueron los blancos del amateurismo quienes se encargaron de llenar el Estadio del Cerro y de fortalecer a la Liga Invernal que, nadie lo dude, navegaba en un mar de dudas con respecto a su futuro. Si los jugadores amateurs, todos blancos, no saltan, la Liga Cubana se hubiera acabado, por desinterés manifiesto y por anemia económica.
En 1941, se jugó la 4ta. Serie Mundial de Beisbol Amateur en el estadio Cervecería La Tropical, como siempre, el gran favorito era el team cubano, que basaba su superioridad sobre el resto en un concepto superior del sentido del juego, en su velocidad y defensa y en que disponían de una rotació de pitcheo muy pareja para la competencia de corta duración.
La escasez de pitchers de puntería contrarios, capaces de hacer una labor ganadora o decente, se manifestó cuando Venezuela derrotó a Cuba en el último juego de la Serie, con Daniel Canónico en el balk y score de 4-1; entonces propusieron dejar el torneo empatado con los antillanos; porque, “no tenemos pitcheo disponible”, a lo que Cuba respondió con la petición, al Comité Organizador, de celebrar el desempate tres días después para que el Chino pudiera regresar a la lomita. Más que una actitud de “sportsmanship”, era la confianza en la victoria y los deseos de matar a palos al pitcher “con muy poco en la bola” que los había humillado.
El juego se calendarizó para la tarde del 22 de octubre de 1941, con “El Premier” Conrado Marrero y Daniel Canónico en las trincheras de cada novena.
Cuba perdió la Serie cuando los visitantes facturaron un rally de 3 en el primer episodio, que incluyó un costoso error de Segundo “El Guajiro” Rodríguez en el centro, bueno para dos anotaciones, que hubieran sido suficientes: Pérez Colmenares abrió con boleto y Romero Petit elevó al jardín izquierdo; con un out, Benitez también recibió transferencia, entonces Chucho Ramos bateó línea de hit al centro que el Guajiro Rodríguez dejó que siguiera “como Pedro por su casa”, anotando los dos corredores embasados y llegando el bateador-corredor a tercera, desde donde anotó por texas-leaguer de Casanova al central.
Lo demás se sabe, los cubanos pudieron anotarle una al Chino en el noveno, que transitó toda la ruta con más velocidad en sus envíos, con más control y más confianza, si cabe, que lo que había demostrado antes.
Un mar de gente paseó por el legendario terreno al pitcher vencedor que, con esa victoria, demostró que, en el juego de pelota, no hay invencibles ni enemigos pequeños, aunque parezca lo contrario.

Danny McDevitt, ganador del ultimo juego del Brooklin

 

Por Andrés Pascual

A las nuevas generaciones de fanáticos cubanos no les dice nada el nombre de Danny McDevitt; pero el tipo tiene un lugar en la historia del beisbol de Grandes Ligas y en la del champion invernal, aunque en facetas bien diferentes.
El 24 de septiembre de 1957, el lanzador zurdo, en su temporada de recluta con los Dodgers de Brooklin, le metió nueve ceros a los Piratas de Pittsburg con solo 5 hits permitidos y 9 ponches propinados; su catcher fue JoePignatano, en el último juego de la legendaria franquicia en Ebbets Field, antes de instalarse, al año siguiente, en Los Angeles.

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Roberto Estalella, primer hispano de Triple Corona en el Beisbol Organizado

Por Andrés Pascual

 

Roberto “Tarzán” Estalella (Cárdenas 1911-Hialeah 1991) fue el segundo gran jugador de posición cubano e hispano en el Beisbol Organizado; el primero fue Armando Marsans, uno de los dos pioneros, junto a Rafael Almeida, cuando ya existían ambas ligas; primer bateador de .300 y primero en recibir votos para el MVP en Grandes Ligas durante la década 1910-20. Pero Marsans jugó pocos años.

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El culto a la velocidad

Por Andrés Pascual

Es un síndrome de la sociedad del 1er. mundo: la novela no, el cuento, más corto y puede leerse en un “ida y vuelta” de pie en el metro o en el ómnibus; “fast-food”, no hay que cocinar y se esperan menos de 10 minutos, sentado al timón del auto, ante una puertecita de hamberguera, por el almuerzo; la compra por Internet evita el tiempo que se malgasta en un recorrido por el mercado y, después, la odiosa cola para pagar; un par de películas de estos tiempos se titulan “Fast and Furious”; otra de los 40’s, también…Toda la vida moderna, en las ciudades de países altamente desarrollados, se vive con el pie en el acelerador; es una exigencia, no una alternativa.
Sin embargo, donde único se disfruta la velocidad es en el deporte: en pista, con las carreras; en boxeo, con la rapidez de piernas y manos; en el automovilismo y en el motociclismo; en el balompié, con el desplazamiento arriba y abajo…
La velocidad de home a primera; o, entre bases, siempre ha sido plato de primera en la oferta del beisbol. Aunque, la fiebre del jonronero artificial de mentiras de los últimos años, logró opacar la importancia del juego alegre, pimentoso, rápido y agresivo; el destape del fraude de los esteroides, poco a poco, pone en orden cosas que nunca debieron desorganizarse.
Sin embargo, llenar un estadio, levantar en vilo a la concurrencia cada vez que dispare un chícharo hacia el plato es el pitcher supersónico. Históricamente, solo compara con la actuación de un lanzador veloz la del jonronero gigantesco, capaz de colocar la bola a la distancia casi infinita de 450 pies ó más, con solo girar las muñecas.
El lunes pasado, después de noticias preocupantes sobre el descenso en la velocidad de sus envíos, ocasionado por cierto grado de fatiga, según la dirección del Cincinnatti, volvió el novato cubano Aroldis Chapman a hacer historia en los anales de las Grandes Ligas, al marcar un lanzamiento en 106 m/h, lanzado a continuación de otro a 103 y que deja detrás su envío de 105, que lo habían calificado como el más rápido hecho jamás por un lanzador en ese nivel con radar.
Todo evoluciona a pasos de gigante, desde el sprint increíble en 100 y 200 metros en pista en la actualidad, hasta ese 106 m/h que el cubano puso en los récords.
¿A dónde va a llegar el esfuerzo humano en el pitcheo? Antes, un lanzador era considerado muy rápido o supersónico con 95 m/h; si a 97-98, nadie quería enfrentarlo y, si tenía control, pocos le podían ganar.
Cuando la Liga Cubana funcionaba, la velocidad era casi patrimonio exclusivo del refuerzo importado del Norte, “colorao, rubio y cocotú”, de 6 ó más pies de estatura y con 250 libras de peso, como Vinagre Mitzell; o de negros como Jim Grant, independientemente de que hubo cubanos que la “soplaban” como el propio Camilo Pascual, que no tiraba flojo ni algo por el estilo, o como Trompoloco Rodríguez, Wilfredo Salas, Jiquí Moreno, Marcelino López o Luis Tiant; pero, la velocidad, la justificaba el joven que iba a La Habana con la encomienda de pitchear en el invierno para mantenerse y para mejorar, técnicamente, en un tipo de pelota que exigía el máximo en el terreno bajo el ojo de expertos trainers.
Chapman mide 6’4, pero no pesa 220 libras, no tomó leche nunca; comió carne de res por primera vez cuando hizo el equipo de Castro a eventos internacionales y tira sobre 100 m/h todos los lanzamientos que hace cada vez que sale ¿Quién entiende eso? Mejor aún, ¿A dónde va a parar ese radar con este muchacho en la lomita si no se lesiona, comiendo carne de cualquier tipo diariamente y tomándose toda la leche en un día que el tirano no le ha dado a la población en 52 años?

Vizquel, Cooperstown y un cambio de club

En medio de un beisbol ajeno a la tradición, contra la que ha colaborado mucho la prensa, que se deja llevar por el apetito insaciable de intereses involucrados que solo persiguen objetivos monetarios y, con el menor grado posible de amor por el pasatiempo nacional, de vez en cuando aluden a jugadores que, sin pertenecer a la falsa estirpe moderna de “superjugadores” solo por los batazos que conectaban en frecuencia y distancia bajo efectos de esteroides, y hago énfasis en “conectaban”; así como en “falsos dioses del juego”, porque se aprecia un descenso preocupante en las cantidades y las dimensiones de esos batazos, de vez en cuando aluden, repito, a verdaderos estrellas del juego “estilo antiguo”, que son para quienes la habilidad tenía como ingredientes la inteligencia, la picardía, la pimienta y la entrega absoluta en el terreno.
Ha ocurrido en estos días, cuando el increíble Omar Vizquel igualó al Maestro de Maestros, su compatriota Luis Aparicio, en el segundo lugar en hits conectados entre campocortos.
Aparicio fue tan bueno que el Salón de la Fama creció en importancia al tenerlo allí; porque, con su juego, le devolvió al beisbol, junto a Nellie Fox y Orestes Miñoso, la capacidad de ganar con la aplicación del juego veloz, de pie en el acelerador. Es decir, trajo de vuelta al juego de pelota la velocidad en el corrido de las bases, verdadero sentido de la ofensiva en grandes ligas: la base robada, el hit and run o una base más con el batazo conectado.
Y Vizquel salió de Seattle para hacerle espacio a Alex Rodríguez, un juvenil que prometía un mundo y que ha cumplido con las expectativas; pero al que azotó el delincuente flagelo moderno y nunca podrá escapar al calificativo de “mentiroso”.
El cambio de club permitió que se desarrollara, más que como estrella como inmortal, a través de Cleveland y San Francisco, la última maravilla del campocorto que, cuando se retire, los alienados que votan controversialmente para el Templo con sede en Cooperstown, le irán a buscar a su casa, porque ese no podrá faltar ni sí, como han hecho otras veces, lo forzaran injustamente estos “padrecitos del voto” de la Asociación de Cronistas.
Omar Vizquel, tal vez el mejor torpedero de la historia que, cuando concluya, poseerá todos los números importantes de su posición en una carrera realmente larga y, eso, también le hace un virtuoso, es un miembro legítimo y obligado de Cooperstown, que fue capaz de sobreponerse al cambio para el cupo al jovencito que un día también estará ahí; aunque, realidad y decencia de por medio, no debería.

Curiosidades del beisbol profesional cubano

Jorge Figueredo, autor de tres soberbios libros sobre el beisbol profesional cubano, dos de ellos en inglés, que contaron con la colaboración de su hermano Mario q.e.p.d, de Pepe Tuya y de Charles Monfort como archivista, editó a principios de la década de los 80’s, con Monfort como “ayudante”, la útil e interesante revista “Pelota Cubana: Momentos Estelares”, que ha sido el 75 % de la fuente de datos para este trabajo.
Durante la visita del Cincinnatti a Cuba en 1909, acompañó al club escarlata un umpire de apellido Betley, a quien enseguida apodaron los fanaticos cubanos “Mr. Escobilla”, por la cantidad de veces que limpiaba el home con el instrumento de aseo. La notoriedad histórica del “caballero del peto, la escafandra y la escobilla”, como llamó alguna vez a los umpires Eladio Secades; sin embargo, la merecio porque fue el que introdujo la modalidad de cantar los strikes levantando el brazo derecho y las bolas el izquierdo.
El primer jugador cubano en vestir uniforme de un club de Grandes Ligas fue Luis “Mulo” Padrón, cuando los Medias Blancas de Chicago le invitaron al campo de entrenamiento en 1908. Sin embargo, por una denuncia racial, fue dejado en libertad a dos días de iniciarse la campaña.
El día de Nochebuena de 1908, José de la Caridad Méndez perdió su segundo juego del año, al caer ante los Leones del Habana 0-1. El juego lo ganó el Chino González.
Cuando el Almendares viajó a Key West a efectuar una serie de juegos, el acontecimiento se convirtió en histórico porque era la primera vez que jugadores blancos y negros se mezclaron en el Sur de Estados Unidos. Sin incidentes los dos primeros partidos, durante el tercero, la agresividad tomó niveles preocupantes, lo que ocasionó que los criollos perdieran la serenidad y el nerviosismo se apoderara del club provocando su derrota en un juego que debieron ganar; amenazados hasta con revólveres, se necesitó la presencia del cónsul Carrasco en el terreno para calmar a los extremistas. La cosa había llegado tan lejos, que el alcalde de la ciudad entró al terreno a ofender al pitcher Joseíto Muñoz y a Regino García lo amenazaron con lincharlo después de batear un triple.
El único jugador del Almendares que no vio acción en Key West fue Armando Cabañas; porque el médico de la Sanidad lo consideró “chino de nacionalidad”.
Ty Cobb, quien ganó la Triple Corona en 1908, no acompañó al Detroit a su serie en Cuba ese año; tampoco asistió Sam Crawford y su torpedero regular, Owen Bush, solo jugó dos encuentros, sustituyéndolo Bob Hopke, que había jugado dos semanas antes con el Indiannapolis.
En esa serie, que fue un éxito en todos los órdenes, el Detroit perdió contra el Habana y contra el Almendares 4 juegos por dos, con Joseíto Muñoz domando dos veces a los felinos por los Alacranes; mientras, Chicho González participaba en tres encuentros por los Leones, ganando dos como abridor y uno de relevo. Méndez ganó un juego y cayó en dos por el club añil.
Después de concluir la serie del Detroit, llegó a La Habana un All Stars de las Mayores que incluyó a Fred Merckle, de los Gigantes, el de la famosa marfilada contra los Cubs al no pisar una base; Addie Joss, pitcher del Cleveland, muerto prematuramente y miembro de Cooperstown y Mordecai “Tres Dedos” Brown, maestro de la curva y también en el Salón de la Fama. Chicho González les dio la bienvenida ganàndoles 2-1 con la ayuda de un jonrón del Mulo Padrón en el 5to.
El segundo Almendares Park se construyó en 1919 y la pelota se jugaba por la mañana; a las doce y media, había que dejar el terreno en condiciones para el balompié, aunque se suspendiera un juego. La tarde era el horario preferente. En 1923, se produjo un motín por exceso de público que no cupo en las gradas al cubrir la pelota el turno de la tarde, un tercio del graderío fue destruido. Ese interés por el beisbol, decidió a la administración del parque a alternar el turno entre ambos deportes.

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